Presentación de la novela, “Memoria inesperada” de Víctor Juan Borroy

Siguiendo con las actividades culturales, programadas por la Asociación de Mayores de la Universidad de la Experiencia de Zaragoza (AMUEZ), y puestas a disposición y al conocimiento de todos los alumnos y socios de dicha Asociación, la tarde del día 28 del pasado mes de noviembre, tuvimos el privilegio de asistir a la presentación del libro, “Memoria inesperada”, del escritor y pedagogo, Víctor Juan Borroy, Director, a su vez, del Museo Pedagógico de Aragón en Huesca.

Las palabras de salutación hacia los compañeros asistentes y de agradecimiento sincero por la presencia de los intervinientes, corrió a cargo del Director de la AMUEZ, Francisco Ruiz quien, a su vez, procedió a presentar a nuestro conferenciante, Víctor Juan y a Dña. Eva Fañanás Banzo, profesora y psicóloga que, con enorme capacidad expositiva y gran conocedora del pensamiento y la obra del autor, actuó de moderadora de la sesión, abriendo la misma para ir desentrañando aspectos esenciales de la novela y de la forma de ser y de pensar de su autor. La profesora Fañanás puso de manifiesto que presentar a Víctor Juan como mero escritor, dejaría un vacío enorme a nuestro conocimiento si no se expusieran las múltiples facetas que ejercita a diario, y que conforman la personalidad de Víctor Juan, no solo por ser Director del Museo Pedagógico de Aragón en Huesca, impartiendo docencia, sino porque es muy aragonés, se siente íntimamente aragonés, y ejerce como tal. Una de sus inquietudes es la de promover y difundir la cultura aragonesa. De hecho, años atrás, fue recopilando ochenta y cuatro crónicas sobre Educación de Personas Adultas en Aragón, las cuales asistían a centros de adultos del ámbito rural aragonés. De esa experiencia innovadora surgió el libro, “ Hipocorísticos”.

Víctor Juan es una persona muy observadora que gusta escuchar a los demás, que llama Escuela de Magia a las de Magisterio, hoy de Educación y Humanidades porque “es mágico el trabajo incesante, emocionante y duradero que supone impartir docencia. El Magisterio es una carrera de ilusiones sostenidas y de muy largo recorrido”, según palabras de nuestro escritor invitado, considerándose así mismo como un artesano de su trabajo.

Entrevistó en cierta ocasión a treinta maestros, los cuales sumaban mil años de dedicación a la enseñanza.

La moderadora, con desbordante admiración hacia la labor educativa de Víctor Juan, fue relatando varios aspectos de su vida, desde su más tierna infancia, en Caspe, su pueblo natal, resaltando que, en la actualidad, dada su capacidad de trabajo, su compromiso por la educación y su reconocimiento por su calidad intelectual y pedagógica, está siendo objeto de numerosas intervenciones culturales, reclamado por diversos medios de comunicación.

Lo describe como un apasionado: apasionado de la educación; apasionado de la vida. “Un embolicador; un cautivador de almas”, según amigos del Rolde, que bien le conocen. Gran dominador de la palabra.

Víctor Juan, por su compromiso, nos invita en esta y en sus otras novelas, a ver el mundo de otra manera ya que en este contexto, hoy día es difícil transitar por los senderos que el destino nos ha marcado. De ahí su afán de transmitir valores de honradez, principios limpios a través de sus personajes transparentes. Huye de contraponer al bueno y al malo. Vivimos rodeados de personas que poseen unos principios y con quienes nos relacionamos, no siempre de acuerdo con sus opiniones, o sus valores pero que, sin embargo, compartimos ilusiones y proyectos que nos hacen crecer aunque sea“en confrontación con”. Y es que Víctor Juan nos quiere transmitir que debemos ser libres para elegir, dentro de nuestras propias circunstancias.

En Carmen Pardo, la protagonista de la novela, se manifiesta un viaje en el tiempo en el que la realidad, nuestro presente, se conjuga con nuestro pasado, invitándonos a crear nuestra propia aventura.

A Víctor no le interesa tanto lo que pasa en sus libros como lo que pasa en el corazón de quienes los leen.

“Memoria inesperada” no es una novela de acción, en la que pasen grandes historias, pero en el trasfondo, como aguas subterráneas, nos van removiendo, van calando. Ese es el transcurrir de la novela.

En esta novela no hay capítulos. Es una narración continua, pero conjuga varios estilos narrativos diferentes: un narrador en tercera persona, que nos introduce en la psicología de los personajes que nos va presentando; el episodio de las bombas arrojadas sobre el Pilar en agosto de 1936, como necesidad de relatar un cuento sobre el Pilar para que, como él, nos enamoremos de Zaragoza, ciudad en la que le encanta vivir. Cuando describe los paseos por la Ciudad, huye de adornos y adjetivaciones excesivas, para llevar al lector una narración limpia, artesanal, limando las palabras hasta dejar frases puras que vayan directas al lector.

Quien bien le conoce afirma que esta novela es “Víctor Juan en estado puro”, porque contiene los tres ingredientes: su amor por Zaragoza, hablar de historias de maestros y el tercero, hablar de la República o cómo la República trató de sacar adelante un proyecto en el que recogía a personas que habían sido súbditos para quererlas convertir en ciudadanos.

Víctor Juan inició su intervención afirmando que nos iba a contar dos o tres cosas, y que escribir había sido el mayor error que había cometido en la vida, porque ya no puede vivir de la misma manera que antes de escribir, colocándolo en un lugar en que todo es incierto, donde no sabe qué es lo que va a pasar. A los personajes que crea los tiene que acompañar, estar por ellos para que le cuenten a él primero, lo que después él va a contar de ellos a los demás.

Escribir supone ser muy paciente, saber esperar y disponer de tiempo y escuchar las historias contadas por los demás, como cuando niño, antes de leer y escribir, prestaba su atención de las cosas que contaba la gente de su pueblo, tomando la fresca. Y Víctor aprendió a contar y así, con sus alumnos, después de las excursiones, es cuando se cuentan lo vivido y lo exponen en las clases. Y es Víctor cuando ejerce de contador en su más amplia expresión, y aunque sus más íntimos amigos le llamen “palabrero”, es una expresión que le encanta que le digan, por el excelso valor que le concede a la palabra: todo lo hacemos con palabras.

“Memoria inesperada” es una novela muy zaragozana: a su autor le gusta mucho la Ciudad , no solo por el territorio donde estamos sino donde somos. Y bromeando con Carmen, afirmaba que él hubiera sido como el Tío Jorge, un héroe de los Sitios, defendiendo a muerte Zaragoza. Y de ese sentimiento conmovedor por Zaragoza derivan que las historias de sus novelas transcurran en la Ciudad y los personajes se muevan por los mismos lugares que frecuentamos los que habitamos en ella. Baste como botón de muestra lo hermosa que le parece la calle Alfonso, motivo por el cual eligió la fotografía de la misma, para figurar en la cubierta de la novela.

Para Víctor Juan, es fundamental el cultivo de la memoria para ejercer la docencia y enseñar a los alumnos los avatares de nuestra historia con objetividad en todas sus fases: el por qué y cuando se pasó de una monarquía a una república; el traumatizante episodio de la guerra civil y, posteriormente, cuarenta años de dictadura, transcurridos los cuales, después de un período de transición, llegar a donde estamos, y es que “para entender quiénes somos debemos saber quiénes hemos sido”.

La entrañable semblanza que Víctor Juan contó sobre la vida de Doña Palmira, “una de las mujeres de su vida”, como respondían sus alumnos, maestra en la República, perseguida por crear colonias de educación para enseñar a leer a mujeres como ella, exiliada por dos veces, víctima de dos guerras, que creó una fundación en la Universidad Carlos III de Madrid, que aún funciona y que lleva su nombre, demuestra lo esencial de cultivar la memoria porque Doña Palmira, a sus más de noventa años e impedida, todavía estaba convencida que había viejos que no tenían la misma suerte que ella, y que habíamos venido al mundo para dejarlo mejor que lo habíamos encontrado. Y afirmaba que todo lo había hecho desde la escuela.

Y la necesidad de la memoria que preconiza Víctor Juan, se pone de manifiesto en la protagonista de la novela que cree que todavía tenemos una deuda pendiente, que es solamente la de la memoria.

El autor cree que todavía vivimos rodeados de agujeros negros por los que ha desaparecido la memoria de las personas que no lo merecían; que nadie lo merecía. Y a sus alumnos les invita a que vean la historia, el pasado, con ojos limpios, sin lastres en el corazón.

Las íntimas reflexiones de su vida y de su obra, a lo largo de su disertación, dotadas de insuperable capacidad intelectual y calidad humana propiciaron el deseado diálogo, respondiendo a preguntas muy meditadas de varios de los compañeros asistentes, enriqueciendo el contenido de la sesión con una proximidad, amenidad y rigor expositivo, realmente envidiables.

Una de las preguntas por parte de una compañera dio lugar a que nuestro invitado nos desvelara que “La caja de música” es la entrañable historia de su vida.

La caja de música que Ramón Acín y Conchita Monrás tenían en su casa es la “protagonista” del número 12 de la colección Letras de Año Nuevo del Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), que ha sido escrito por Víctor Juan.

“Quería escribirla para dedicársela a José Manuel Ontañón”, dijo Víctor Juan sobre un hombre que nació hace 95 años, el día que se casaron Acín y Monrás, y que de pequeño iba a jugar a su casa con sus hijas Katia y Sol.

En ella sonaban 19 notas que recreaban “La última rosa del verano” y que fueron recuperadas hace unos años por iniciativa de Ontañón, que recordaba perfectamente la melodía. “Es ya un poco la banda sonora de nuestra vida”, afirma Víctor.

Finalmente, después de expresar los privilegiados alumnos asistentes su sincero e íntimo agradecimiento por todo lo que sintieron y escucharon, con una espontánea ovación, nuestro querido escritor tuvo la deferencia, una vez más, de dedicar las novelas de quienes las habían adquirido, con sentidos y afectuosos deseos de afecto y amistad.

Víctor: me vas a permitir el atrevimiento que, a título personal, me pide el cuerpo de dedicarte con sumo afecto, admiración y agradecimiento el poema de Paco Ibáñez, “Me queda la palabra”:

Si he perdido la vida, el tiempo,
todo lo tiré como un anillo al agua,
Si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre,
todo lo que era mío y resultó ser nada.
Si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria.
Si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Juan Pagán Sancho

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1 Comment

  1. Aurora Alamán Guallart el diciembre 4, 2018 a las 7:44 pm

    ¡Qué satisfacción leer otro escrito en el que detallas todo con precisiòn¡

    FELICIDADES por tu buen hacer y un abrazo.

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