CRONICA DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “Canción de Otoño”

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Crónica de la presentación de la novela, “Canción de otoño”, del autor, Javier Plaza Beiztegui, organizada por la AMUEZ

Zaragoza, 21 de mayo de 2019

La tarde del día 21 de mayo del presente 2019, tuvimos el privilegio de asistir a la presentación del libro, “Canción de otoño”, del escritor y autoeditor, Javier Plaza Beiztegui, en el marco de las actividades culturales programadas por la Asociación de Mayores de la Universidad de la Experiencia de Zaragoza (AMUEZ), para el al conocimiento y disfrute de todos los socios de la misma.

La apertura del acto, con palabras de salutación y agradecimiento hacia los asistentes por su presencia, corrió a cargo Francisco Ruiz Albacarquien, a su vez, procedió a presentar a nuestro conferenciante, Javier Plaza y a Dña. Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura; Maestra de Primera Enseñanza y Licenciada en Lenguas Románicas que, con extraordinaria capacidad expositiva y gran conocedora del pensamiento y la obra del autor, actuó de de presentadora y moderadora de la sesión, iniciando la misma para ir describiendo en profundidad aspectos esenciales de la novela y de la forma de ser y de pensar de su autor.

Es de justicia resaltar el extensísimo currículum profesional de Carmen Romeo, si bien, y como muy bien puso el acento nuestro presidente al presentarla a los socios, llevaría muchas horas enumerar sus merecidas titulaciones y obras publicadas, el haber sido profesora de Literatura durante 31 años en el Instituto Goya, le acredita como gran embajadora de la cultura para el enriquecimiento del pensamiento y formación de generaciones de escolares que, a no dudar, habrá dejado en ellos una huella indeleble.

Una vez que agradeció al Presidente de AMUEZ, por la invitación a la presentación de la novela, objeto de dicho acto, al propio autor, Javier, y a los “alumnos” presentes en el aula, sin cuya presencia, la sesión no tendría sentido alguno, inició su disertación manifestando sentirse muy complacida por la presencia de un alumnado formado y muy motivado y comprometido por la lectura.

Se sintió agradablemente sorprendida cuando por tercera vez, nuestro autor contara con ella para acompañarle y presentar su segunda novela, “Canción de otoño” .

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Conoció a Javier en el Instituto Goya, aunque no llegó a ser diréctamente su profesora. Aqui, Carmen Romeo, quiso rendir un sencillo y emotivo homenaje a la memoria de D. Luis Gómez Egido, el profesor de Javier Plaza y compañero de Carmen, durante muchos años, en el Instituto y en la Universidad y que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros desde hace tres años.

Javier Plaza recorría los pasillos del Instituto, movido por su interés por los concursos de literatura, frecuentando el Departamento, junto con otra compañera, Clara Fuertes, también muy notable escritora, manifestando desde un principio, su gran vocación literaria.

La formación profesional de Javier como abogado se nota en el estilo de sus novelas. Posee un gusto especial por la descripción de los detalles precisos, realizados con una sintaxis envolvente, un estilo de abogado que lo ha refinado, adaptándolo muy bien al estilo literario. En algunos párrafos, puede aparecer dicha envolvente pero el autor se da cuenta enseguida, sale airoso de la situación y así, el lector no se pierde.

Javier Plaza es una firma nueva. Lleva pocos años publicando y, además, autoeditando, mostrando una valentía tremenda. La autoedición, según Carmen Romeo, no es basura. La gran Carmen Conde comenzó autoeditando, por ejemplo. Javier gestiona el libro desde la primera palabra hasta que lo trae a disposición de su lectores.

Hace cuatro años publicó su primera novela, “La urraca en la nieve”, que no dejó indiferente a nadie, de manera que no es de extrañar que aquellos amantes de la pintura impresionista que hayan podido leer “La urraca en la nieve”, les hayan motivado salir corriendo hacia París, para enloquecer con los impresionistas, llevando esta novela de Javier bajo el brazo.

Es sorprendente cómo Javier puede explicar con palabras, las emociones que le transmite un cuadro impresionista cuando se planta delante de él. Las páginas de “Canción de otoño” destilan una sensibilidad difícilmente superable, cuando describe, pinta y se adentra en las montañas, los valles, las casas, los prados, la luz cambiante, la noche, la nieve, la lluvia…el Pirineo. El mismo “puntillismo” de los impresionistas, pero trasladado al estilo literario de Javier.

En la novela, por otra parte, hay acción, mucha acción, pero los remansos serenos que los trazos sobre el Pirineo nos regala Javier, regala del Pirineo, son un bálsamo necesario para el disfrute del lector que desea no compartir contínuamente las tragedias que los protagonistas están sufriendo en otro escenario. Javier es un gran fotógrafo fundiéndose en su retina, de alguna manera, la pintura y su vocación poética, consiguiendo, en definitiva, su voz literaria.

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En “Canción de otoño”, nos encontramos con Rosa, la Señora de Fanlo, que, en otoño de 1810, y ya desde la primera página, en sus paseos por el bosque, va a evocar dos años después, unos episodios vividos, que cambiaron su vida, con el detalle característico de Javier, trasladando a Rosa, la fresca memoria del autor en su narrativa, o viceversa.

Rosa vivió en Zaragoza antes y durante los Sitios y regresa a Fanlo destrozada y enferma, después de haber perdido lo que más quería. Los Sitios de Zaragoza que nos encontamos en “Canción de otoño” son narrados de manera muy diferente a lo mucho publicado por otros autores. Están descritos desde otra óptica. El nombre dado Gabriel, hijo de Rosa, no es por casualidad: es un guiño literario a Galdós, como otros guiños que van apareciendo en la novela. Gabriel es, pues, el hilo conductor de la narración de su madre, como lo es el personaje de Gabriel Araceli en el episodio de Zaragoza de Galdós. Con las mismas pinceladas, con los mismos trazos que sirven para acercarnos al Pirineo, Javier narra con absoluto naturalismo, los horrores de la guerra y las insoportables escenas de dolor y muerte presenciadas por los protagonistas, en las calles bien identificadas de la Zaragoza de 1808.

No obstante, al final surge el amor y la novela abandona los tintes tétricos que han salpicado a Rosa, resurgiendo la esperanza de que una nueva vida pueda mitigar, si no olvidar, el trauma sangrante de la pérdida de Alfonso y Gabriel, su marido y su hijo. Desea poder liberarse de la carga tan pesada que ha tenido que soportar, con poco más de treinta años.

Rosa rompe en la novela esa tradición hispánica de que la viuda debe permanecer fiel y mantener la memoria del marido más allá de la muerte, aunque ese salto le va a crear grandes remordimientos.

Los nombres de los personajes encierran un significativo simbolismo: Rosa, la delicadeza del mundo rural, evoca pasajes de Doña Rosita la soltera, de Lorca; Alfonso, la de muchos alfonsos históricos, como Alfonso VIII, el vencedor en Las Navas de Tolosa, o Alfonso I el Batallador, que conquistó Zaragoza. Pero, irónicamente, Alfoso, marido de Rosa muere como un héroe entre la muchedumbre hambrienta y malherida, en el más absoluto de los anonimatos.

Mateo, figura esencial de la novela es para Carmen Romeo, un personaje muy simbólico que le recuerda la sexta escena de “Luces de bohemia”, de Valle Inclán.

Javier es un gran escritor y además, un gran lector, un buen estudiante de literatura: ese diálogo permanente entre la obra que estamos leyendo y las obras que en el mundo han sido

Una vez finalizada su magnífica disertación, Carmen Romeo cede la palabra al autor y amigo personal, Javier Plaza, manifestando el colectivo de

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socios asistentes, el agradecimiento por sus bellas y sabias reflexiones, con una calurosa y sentida ovación.

Javier Plaza ha pretendido siempre compaginar sus ocupaciones con el deseado espacio para manifestar sus pasiones, a través de la escritura.

Si su primera novela es el impresionismo el motor argumental, en esta segunda novela, el escenario es el Pirineo al que iba tanteando y conociendo poco a poco desde muy joven, bien con excursiones o viajes familiares, como con amigos, en algún campamento,en autobús, en tren, visitar los pueblos, hablar con la gente, etc., calando en él esa indisimulada pasión. Ahora sigue frecuentándolo aunque, como asegura, cuanto más lo disfruta, cuanto más lo recorre, más le falta por conocer. Le faltan varias vidas para acabar de conocerlo.

Quería devolver en una novela lo mucho le había dado el paisaje del Pirineo con todas sus íntimas emociones. Un segundo enfoque de la misma debía surgir de la Zaragoza de los Sitios, unos históricos episodios vividos y recordados posteriormente, con tal de pasearse por las calles zaragozanas, testigos de aquella cruenta invasión.

No le fué fácil a Javier, conjugar esos dos escenarios tan distintos. Si para nuestro autor, todos los valles pirenaicos le parecen maravillosos, quería rescatar aquella zona para su novela donde, a pesar de los años transcurridos, sus cambios no hubieran sido determinantes, es decir, encontrar un lugar lo más parecido a lo que había vivido: reconocer las bordas, los tejados de losa, el olor a la madera recién aserrada, el ganado, decidiéndose, finalmente, por el entorno del valle de Vió, que sirvió de escenario en los hechos acaecidos en la guerra de la Independencia, eligiendo Fanlo como el pueblo natal de Rosa, la protagonista.

Con una narrativa fuera de lo normal, Javier Plaza describe palmo a palmo las zonas del Pirineo, las montañas y sus enclaves con precisos nombres, los pueblos, la ubicación de las bordas y las casas de los señores, destilando hacia los admirados asistentes ese amor y querencia por la zona pirenaíca que le subyuga.

Rosa, la Señora de la casa del Señor de Fanlo era por herencia, propietaria de un bosque maravilloso, reflejado en la portada del libro, cuya variedad arbórea y cromática en otoño, no tiene parangón, el bosque de la Pardina del Señor siendo la racional explotación de la madera extraída, el sustento familiar.

Destaca en la novela la guerra de guerrillas contra el invasor, y la importancia de las partidas de voluntarios. Fabricaban pólvora, construían balas, siendo la sierra su mejor aliado durante años, en el hostigamiento contra el numeroso ejército francés.

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Javier Plaza parte como premisa, de la necesidad de hablar de pueblos cuyas calles estuvieran llenas de vida. Y es en ese deseado y logrado ambiente, donde se desarrollan seis años de la vida de Rosa, que vive en Zaragoza, durante los sangrientos acontecimientos de la guerra, cobrándose en su trágico balance, la vida de su marido, Alfonso y la de su hijo Gabriel. La novela es el vehículo que nos va conduciendo lentamente hacia la reconstrucción personal de la vida destrozada de una mujer, de Rosa. Regresa a su pueblo porque tampoco tiene otro lugar donde ir, vacía y sin vida, después de haber permanecido enferma, un tiempo, en un convento. En Fanlo convive con su hermana Inés, su gran apoyo en momentos de suma depresión y amargura. No quiere salir de casa, ni le apetece siquiera salir de su habitación, hasta que, poco a poco, va relacionándose con el mundo que le vió nacer, reencontrándose con las tradiciones, con las labores del campo, con los convecinos que no saben cómo animarla.

Rosa se muestra arisca y déspota con los de su entorno a quienes trata como sirvientes, reafirmando su posición como Señora de la casa. En la soledad, se derrumba con facilidad, si bien no le queda más remedio que enfrentarse con el mundo exterior, salir y reordenar su vida y coger poco a poco las riendas de la casa, ejerciendo como la Señora de la casa que es, porque así la criaron y que por ello tiene que velar por defender su hacienda heredada.

Fuera de casa trata de disimular su dolor salvo cuando observa a su sobrino Simón, al que no trata con cariño pues no puede evitar el dolor que le corroe las entrañas al recordar al hijo que ha perdido. Simón “festeja” con una chica del pueblo de al lado. La boda es un bello motivo para reflejar en la novela las pictóricas imágenes de una típica boda del Pirineo, con sus gentes, el cura, sus parientes, sus festejos.

Transcurridos unos pocos años, Rosa se ve con fuerzas para realizar un deseo que le corroe por dentro: viajar a Zaragoza y recuperar los cuerpos de su marido y de su hijo para regresar juntos al pueblo. La novela narra exténsamente ese durísimo y largo viaje, acompañada por Ramón, viejo pastor del Pirineo, dueño del molino familiar, paternal y bonachón, y por Mateo. La Condesa de Bureta y Pedro María Ric, amigos de Rosa, aparecen en el escenario zaragozano, ayudándola a encontrar a su hijo Gabriel y a su marido Alfonso al que tuvo que abandonar, henchida de dolor, de mala manera en plena calle, hambriento, moribundo y tísico.

Mateo, miembro de una familia numerosa, va ganando peso conforme avanza el argumento de la novela. Es un chico listo, que lo envían a estudiar al seminario de Barbastro hasta que estalla la guerra y se enrola en una partida donde sufre su dureza, hasta el punto de ser herido y su posterior y lenta recuperación es herido. Regresa en verano al pueblo en busca de trabajo. Consigue ser contratado por Rosa para que en dichos veranos se traslade al

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bosque de la Señora y realice trabajos de desramaje, y tala de los árboles adecuados para trasladarlos río abajo y ser vendidos.

Mateo se enamora de la Señora en el silencio. Es consciente de que, aparte de las diferencia de edad entre ellos y de la posición social, hay un hecho insalvable por lo que la relación entre ellos es inviable y es esa trasnochada y maldita tradición hispánica, tan magníficamente explicada por Carmen Romeo: para la sociedad de aquel momento, estar viuda o casada venía a ser lo mismo.

Mateo se va del pueblo y en su despedida de Rosa, renace en ella una nueva ilusión, una anhelada esperanza por sentir su pasión adormecida que vaya curando los desgarros de su corazón por las ausencias de quienes fueron toda su existencia.

Surgieron a continuación varias preguntas para nuestro admirado escritor, poniendo de manifiesto la pulcritud y los detalles descriptivos de los personajes, como el de Rosa, por ejemplo, una mujer joven, de treinta años y que, sin embargo, con su carga emocional tan trágica, al lector le ha podido parecer que en la novela se describía a una mujer mucho mayor.

Igualmente, la sorprendente dualidad conseguida en la novela de Javier al desdoblar en el transcurso de la misma, dos situaciones diametralmente opuestas. Por un lado, la narración de los trágicos acontecimientos sufridos en Zaragoza, plasmando los escenarios de muerte y destrucción, con muertos, ruinas y charcos de sangre en las calles. Por contra, las pinceladas poéticas, impregnadas de lirismo, al regalarnos la majestuosidad y belleza del Pirineo, donde el valor de la palabra sobre las hojas del libro, tan importante en la obra literaria de Javier Plaza, le confieren una virtuosidad envidiable.

Como colofón de la maravillosa sesión y tras la calurosa, espontánea y sincera ovación dedicada por los compañeros asistentes, el Presidente de AMUEZ le hizo entrega de una placa de cerámica, firmando a continuación, y muy satisfecho de hacerlo, los ejemplares que habían traído los socios, plasmando en ellos, sentidas y cariñosas dedicatorias.

Juan Pagán Sancho

Zaragoza, 21 de mayo de 2019

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1 Comment

  1. Anuncia el junio 2, 2019 a las 10:25 am

    Muy emocionante!!!
    Gracias , a todos y todas por recuperar tantas vivencias .
    Carmen , un abrazo

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